La veo allí sentada, con su piel de porcelana, su sonrisa perfecta, su cabello lacio y brillante como seda. Sus ojos oscuros te absorben, al verlos sólo puedes sentir calma. Camina y su cuerpo es armonía pura, las proporciones y la genética han sido benévolas con ella. Es además un placer sentarse a conversar, o tan sólo escucharla hablar. Es tan inteligente, ocurrente, graciosa… Tiene un apunte para cada tema, sabe desde deportes hasta de cocina. Es entendible que muchos caigan rendidos a sus pies.
¿Cómo podría odiarla? Su nombre podría ser “perfección” y no es su culpa ser mucho más de lo que yo podré alcanzar algún día. ¿Cómo podría reprocharle? Hasta yo me perdería en sus ojos y en sus curvas si esa fuera mi preferencia.
Sin embargo, su presencia me llega a perturbar; al verla me siento desolada. Su llegada es presagio de desdichas; no se va sin alejar de ti a quienes más quieres. Así como la admiro, le tengo miedo; siento pánico al tenerla cerca.
Anhelo su belleza e inteligencia, pero no podría soportar la eterna soledad con la que se queda al final del día. Ella, admirada y temida muerte.