sábado, 28 de noviembre de 2020

Nostalgia

 

Me gustan los días lluviosos, fríos. Ver la lluvia a través de la ventana, como las luces y los objetos se desdibujan detrás de cada gota de agua. Ver los carros a lo lejos, las personas corriendo bajo sus paraguas. Ver la lluvia recorriendo todo, como si estuviese bañando el mundo, llevándose todo lo que nos duele, arrastrando la tristeza y dejando la humedad de la nostalgia.


La nostalgia, con todos los recuerdos que llegan con la lluvia: El primer beso bajo la llovizna bogotana, el abrazo al compartir una sombrilla, la chaqueta prestada para no morir del frío, el café como excusa para esperar que escampe... Tal vez eso es lo que más me gusta de la lluvia, combina conmigo y mi nostalgia, se lleva mis lágrimas y me llena de recuerdos hermosos, recuerdos que ya nada me puede quitar.


Cada gota en el tejado o en los vidrios va creando una melodía, la música del cielo, rimando con la fuerza de mi corazón. Música que relaja, tanto que es ideal para dormir. Me gustan las noches lluviosas porque el sonido de la lluvia acalla el bullicio de la calle y de mi mente.


Me gusta dormir arrullada por la lluvia, poder olvidarme de todo aunque sea por un momento. Olvidar que mi alma es un desierto, olvidar que estoy seca por dentro, que no hay nada que en mi pueda brotar. Olvidar que hice de mi un desastre, un conjunto de rocas y arena que sólo sirven para herir, para arrumar y olvidar.


Termina de llover, y el cielo se ve más claro, despejado, brillante. Así se ven mis ojos después de la tormenta, así queda mi mente cuando por fin puedo dejar de pensar. Se ve por fin la luz de la luna, rozando el suelo en un beso largo, dibujando sombras inquietas, haciendo amable la noche, una noche que quisiera fuese eterna, porque aunque amanezca ya no hay sol aquí.