Ese momento en el que el silencio de la noche abarca todo y quedas en compañía de tus pensamientos y conversas contigo mismo, como si de los mejores amigos se tratara. Y empiezas a reprocharte, porque una vez más has dejado inmiscuir un intruso; has dejado intervenir al corazón. Así me encuentro, pensando y recordando, tratando de encontrarle lógica a tu actuar.
Mis silencios siempre son para ti un misterio, porque no sabes lo que pasa en mi interior cuando estoy a tu lado. No es que no tenga nada que decir; sólo me encanta escuchar tus historias y tus pensamientos. Además de que me pierdo en tus ojos y en el movimiento de tus labios, que invitan a un beso.
Un beso... Algo que anhelo y a lo que le temo. Por eso prefiero buscar tu olor en otro cuerpo, tu dulzura en otros labios, tu picardía en otra sonrisa, tu inteligencia en otros ojos. Te juro que lo he intentado. Otros me han besado, otros me han amado, otros me han tocado. Pero no puedo dejar de pensar en si fueran tus manos y tus labios los que recorren cada poro; en tus labios, tu olor y la suavidad de tus manos. Es más fácil aceptar las caricias de otro que arriesgarme a sentir una vez más tu desprecio.